sábado, 20 de noviembre de 2010

Diario de una sumisa (3º parte)

Mientras mi amo se duchaba yo contemplé por enésima vez las prendas que él había tenido la bondad de regalarme. Eran bonitas, caras y sin duda, demasiado cortas como para taparme algo. Pero no me tocaba a mí decidir si me quedaban bien o no, simplemente debía ponérmelas para complacerle a él. Como siempre, deseché el sujetador a un lado de la cama, dado que una de las normas más estrictas de mi amo era que nunca llevase aquella prenda que según él mermaba la belleza de la mujer.
La camisa era más larga de las que yo solía llevar, no obstante la falta de los primeros botones dejaba una gran parcela de piel al descubierto, lo cual dejaba muy poco o nada a la imaginación. La falda, por el contrario, era muy corta y se me ceñía a las caderas, dando a mi cuerpo una voluptuosidad que nunca había tenido, pero que sin embargo hacía de mí una mujer atractiva.
- ¡Vaya!- La sensual y sorprendida voz de mi amo surgió de la puerta del baño- No me equivoqué al escoger esas prendas, te quedan francamente bien… casi pueden ocultar lo viciosa que eres.
Mi amo se me acercó y me dio un cepillo para el pelo y un par de gomas.
- Ya que pareces una colegiala, péinate como tal y hazte dos coletas. – Me ordenó con voz seca mientras abría su portátil y se sentaba al escritorio.
Yo, como siempre, obedecí y peiné mi largo cabello pelirrojo de la manera deseada, hasta dejar las dos coletas en perfecta armonía la una con la otra. Después me acerqué a él y esperé sus órdenes, que no tardaron en llegar. Mi amo me obligó a sentarme en la cama con las piernas completamente separadas, después se acercó mí con el huevo vibrador en la mano.
- Se te ha olvidado ponerte esto pequeña…
- Oh… lo- lo siento amo- me disculpé tartamudeando, dado que no recordaba aquél diminuto cacharro.
- No te preocupes… yo me encargaré de que lo lleves puesto- Me dijo y apartó la ropa interior de mi sexo.- Recuerda pequeña, que haga lo que haga no puedes correrte.
Yo asentí dócilmente, pese a que no me parecía nada justo, además de que era realmente difícil negar el placer que él me ofrecía. Pero así eran las cosas, y yo tenía que limitarme a hacer lo que él me ordenara.
Poco a poco mi amo empezó a pasar su lengua por mi sexo, lenta y cadenciosamente, casi a conciencia. Su lengua era hábil y experta por lo que sabía cómo moverse a cada momento, sabía cuándo retirarse para dejarme con ganas de más. Mi cuerpo se estremeció cuando mi amo me separó ambos labios e introdujo su lengua hasta las profundidades de mi vagina, moviéndose hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás simulando el movimiento de una penetración.
En aquél momento yo ya tenía dificultades para pensar con claridad, por lo que empecé a arquearme contra él pidiéndole más en un gesto completamente inconsciente. El sonrió de medio lado y me complació, dado que retiró su rostro de la parte inferior de mi cuerpo para abordarlo de nuevo con sus ágiles dedos que esta vez se centraron en mi pequeño botón, provocándome estremecimientos próximos al orgasmo.
- Amo… yo… - empecé a suplicar para que me dejara terminar en aquel momento.
- Todavía no. – Me contestó y continuó con aquella exquisita tortura, cambiando el ritmo de las acometidas de sus dedos, haciendo que tuviera que morderme con fuerza el labio inferior para evitar mi ya cercano clímax. Pero él no tuvo piedad y continuó masturbándome rápidamente hasta que notó que no podría aguantar más, por lo que introdujo el pequeño huevo en mi interior.
-Córrete ahora. – Me dijo y encendió el aparato que comenzó a vibrar con fuerza, haciendo que las paredes de mi vagina se contrajeran violentamente, llenando mi cuerpo de un éxtasis distinto pero igualmente placentero, que me arrancó varios gemidos cuando mi cuerpo terminó de convulsionarse.
Mi amo se levantó con una sonrisa satisfecha en sus labios, me ayudó a incorporarme y me susurró otra de sus órdenes al oído, aunque por supuesto, yo ya lo había supuesto dado que era una orden sencilla. No podría quitarme mi nuevo compañero durante la cena, así que de nuevo mi voluntad y deseos quedarían a merced de los depravados deseos de mi amo. 

                                                                                                            Escrito por: Victoria.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Diario de una sumisa (2º parte)


La puerta se cerró con golpe sordo que hizo que me estremeciera, no de temor ni frío si no de una confusa expectación. Poco a poco la difusa figura de mi amo se hizo más nítida al entrar él en la habitación. Era tal y como lo recordaba, alto e imponente, vestido siempre con su traje negro de oficina y su maletín de cuero, que no dejaba ni a sol ni a sombra.
No me saludó, ni me miró abiertamente. Como de costumbre me ignoró por completo mientras se desvestía, de espaldas a mí. Aquel tipo de comportamiento siempre me había hecho sentir rechazada, pero sabía que era precisamente así como mi amo quería que me sintiese. Yo era su pequeña y sucia zorra, tan de su propiedad como el resto de la casa, dado que así rezaba el contrato que yo, a mis 18 años, había firmado.
Por fin, y tras una tediosa espera, mi amo terminó de acomodarse en el piso. Se acercó a mí con paso firme y seguro y tras besarme en los labios con una fuerza inusitada en él, liberó la cadena que oprimía mi cuello.
- Gracias amo.- susurré humildemente y agaché la cabeza para demostrar mi sumisión pese a los molestos calambres que sentía en la base del cuello, producto por supuesto, de tantas horas en la misma posición.
Mi amo no contestó, se limitó a sentarse en la cama y a apartar el enorme dosel malva que la cubría, después me hizo un ligero gesto para que me acercara. Cuando llegué, me arrodillé frente a él y esperé pacientemente sus órdenes.
- Parece que te tengo bien entrenada. – me dijo, con su voz profunda y sensual que normalmente provocaba estremecimientos de placer en la parte inferior de mi cuerpo, haciendo que empezara a humedecerme.- Ahora pequeña- continuó mientras se desabrochaba el pantalón y me dejaba ver su miembro erguido- ven aquí y dame la bienvenida como merezco.
- Si amo. – Contesté con voz clara. Después me acerqué a él aún de rodillas y tomé su aparato entre mis manos. Estaba cálido y duro, suave y más que dispuesto para una mujer. Empecé despacio y únicamente con mis manos, moviéndolo de arriba abajo, después, de abajo arriba, y siempre con el mismo ritmo cadencioso y lento. Mi amo emitió un leve gemido de placer que hizo que mi sexo se estremeciera violentamente, por lo que no tardé nada en humedecerme.
Poco a poco aumenté la velocidad de mis movimientos, dejando sólo trabajar a mi mano derecha, dado que la izquierda había bajado un poco más y ahora jugueteaba con sus dos bolas. Mi amo se estremeció durante un momento, y fue entonces cuando entendí que él podía querer algo más de mí, por lo que tomé aire y me introduje todo su miembro en la boca.
Mi amo gimió y llevó su mano a mi cabeza para así guiarme, enredó sus largos dedos en mi pelo, y pese a que me hacía daño no protesté, dado que eso hubiera sido una falta de respeto hacia mi amo y después de todo la sensación de dolor no era del todo desagradable, por lo que continué lamiendo su hinchado miembro sin una sola queja. Poco a poco mi amo me dejó libre albedrío, relajó su mano y se recostó en la cama. Yo aproveché ese momento y empecé a succionar la punta de su miembro, saboreándole en toda su plenitud mientras le acariciaba el resto de sus partes viriles, ya no con la inicial timidez sino con ansía y auténtico deseo.
No tardé en recibir una recompensa por mis trabajadas atenciones, ya que mi amo me apartó de un empujón obligándome a permanecer tumbada sobre las frías baldosas del suelo. Mi amo se reunió conmigo al momento y tras abrirme con cierta brusquedad las piernas, metió uno de sus hábiles dedos dentro de mi húmedo cuerpo.
- Dios, me encanta la facilidad con la que te excitas- me susurró quedamente mientras pasaba su lujuriosa lengua por mi cuello.
- G- gracias amo- le contesté mientras movía mis caderas contra él en un movimiento sensual que podía acarrearme un castigo.
Pero no hubo castigo, esta vez fue casi tierno conmigo ya que me penetró lentamente y no con su habitual fiereza, dejando que me recreara con la sensación de tener su dureza en mi interior. Pronto empezó a moverse como él sólo sabía, imponiendo un ritmo rápido y seco que me volvía loca. Empecé a gemir suavemente mientras mordisqueaba el lóbulo de su oreja. Esa acción provocó que su miembro se alejara de mi para volver a entrar brusca y dolorosamente, arrancándome un grito de placer que tuvo consecuencias en su espalda, donde quedaron marcadas mis uñas. Sabía que él fin estaba cerca, yo me notaba desatada, repleta de lujuria y anhelo, mis pechos clamaban caricias y cada poro de mi piel irradiaba deseo. Y él no era diferente, su cuerpo se había estado tensando poco a poco y ahora sus gemidos delataban su propio placer. No tardamos en llegar al orgasmo, primero yo, que estallé en un cúmulo de sensaciones que me transportaron a otro mundo, y momentos después él, que sacó su miembro y terminó sobre mí, regando mi cuerpo con su espesa semilla.
Estuvimos varios minutos el uno junto al otro, sin hablar, disfrutando del momento compartido. Como siempre, fue él quien rompió la calma al levantarse y darme un pañuelo con el que limpiarme. Se había puesto de nuevo su fría máscara, por lo que mi limpié con premura y esperé.
- Te he traído un regalo. – Dijo, y me señaló un paquete envuelto en papel de vivos colores, que anteriormente había colocado sobre la mesa. – Hoy te has portado a la perfección pequeña, te lo mereces. Póntelo y nos iremos a cenar.
Yo asentí y abrí el paquete con franca curiosidad. El regalo consistía en una cortísima minifalda de colores escoceses que apenas me taparía la mitad del muslo, una camisa blanca sin los dos primeros botones y un huevo vibrador a distancia. Como siempre, más que una recompensa era otro de sus castigos. Suspiré quedamente. Estaba completamente segura de que iba a ser una noche muy, muy larga. 

                                                                                                                Escrito por : Victoria.

martes, 9 de noviembre de 2010

Lujuria a escondidas (1ª parte: Claire)




Avancé por la calle, hacia el lugar donde habíamos quedado. No era un local sórdido y escondido como se podría imaginar. Un simple piso llama mucho menos la atención. No es que a mí me importe, claro. Mi  vida solo me incumbe a mí y me da igual lo que los demás puedan opinar. Pero ella… es más joven, y…
Espera, espera, ¿desde cuando me importa a mí lo que les suceda a mis amantes? Una noche (o dos, si estaba satisfecha con el resultado) y ya. Pero con Victoria… en cierta forma había sido diferente.

Al llegar al portal levanté la mano para llamar al telefonillo, y descubrí, con asombro, que temblaba un poco. ¿Yo, nerviosa?

-No puede ser- murmuré para mí.

 Suspiré con aplomo (o eso quise creer) y llamé. Al instante sonó su voz, como si hubiera estado sentada junto al telefonillo, esperándome.

Escuché mi nombre, pronunciado con esa voz mecánica, distorsionada, pero aún así sonreí. Su impaciencia estaba clara aunque intentaba disimularlo. Al instante, un tenue zumbido me indicó que la puerta estaba abierta asi que inicié el ascenso… por las escaleras, puesto que era un edificio precioso, pero sin ascensor.

Al llegar arriba (seis pisos después) esperé un momento en el rellano antes de llamar a la puerta, para recuperar el aliento. Tenía ganas de verla, claro, pero tampoco quería que pensara que había subido corriendo.

Cuando abrió la puerta yo no estaba preparada para lo que vi. No es que hubiese nada nuevo puesto que ya la había tenido desnuda entre mis brazos y no había cambiado mucho desde entonces. No. Lo que me sorprendió fue su atuendo. Ese conjunto que insinuaba, deliciosamente, todo su cuerpo, parecía hecho a propósito para que ella lo llevara. No se me ocurría una mejor alternativa para ese conjunto excepto, desde luego, el suelo de su habitación.

Al entrar y cerrar la puerta, se echó sobre mí, besándome con fuerza, con ganas. Jugué un rato con su lengua, no se cuanto tiempo pudimos estar allí, apoyadas en la puerta, rodeadas de penumbra, hasta que ella se apartó jadeante. En ese momento la hice avanzar hacia el salón, sobre cuya mesita quedó abandonado mi bolso junto con todos los nervios y recelos. Después, la guié hasta su habitación.

Al llegar allí cayó sobre la cama, respirando agitadamente. Esa escena me excitó aún más: verla allí, tumbada sobre el colchón, apoyada en los codos para incorporarse, mientras me miraba nerviosa, pero con evidente deseo reflejado en los ojos. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Está claro que es más de lo que nadie puede resistir. Y, desde luego, yo no pretendía resistirme a ella.

Sonreí mientras me acercaba, bajando la cremallera de mi chaqueta y desabrochando suavemente el botón que ceñía la cintura de mis ajustados vaqueros grises. Me subí a horcajadas sobre sus caderas, con firmeza, no la suficiente para hacerle daño pero sí como para evitar que se moviera de donde estaba tumbada. Mi sonrisa se hizo más amplia al notar los leves temblores que recorrían su cuerpo. La cara chaqueta de cuero negro terminó tirada en un rincón y las demás prendas no tardaron en seguir su ejemplo. Excepto las bragas, que me dejé puestas junto con el liguero. Me incliné sobre ella y no tardó en atrapar fácilmente uno de mis pezones entre sus labios. No pude contener el gemido que este simple acto me provocó.

Esta excitación hizo que, poco a poco, ejerciera menos presión sobre Victoria, lo cual aprovechó ella para retomar el control de la situación. Me dejé hacer mientras me tumbaba en la cama, junto a su cuerpo y me besaba, con menos ansia ahora. Un momento después (o al menos eso me pareció) comenzó a repartir pequeños mordiscos por mi cuello, haciendo que me excitara cada vez más (el cuello siempre ha sido uno de mis puntos débiles, y ella lo descubrió muy pronto). Los gemidos comenzaron a aumentar. La sentí inclinarse sobre mí y gemir levemente en mi oído. Le susurré todo lo que ella quería oír, obscenidades varias que sabía que la excitarían aún más. Y no me equivoqué. Acto seguido comencé a besar todo su cuerpo, lamiendo y mordiendo todo aquello que estaba a mi alcance, quitando las escasas prendas que llevaba y  que suponían un impedimento para mis caricias. Pero siempre de cintura para arriba. Lo sabía, en ese momento estaba volviéndose loca de placer pero no me parecía suficiente motivo para acabar con aquella pequeña tortura. Solo después de un rato comencé a bajar por su vientre hasta llegar a su más que necesitado sexo.

Gimió más alto que ninguna vez hasta el momento y me clavó las uñas en la espalda. Pero en ese momento ni siquiera me dolió, simplemente fue una señal que me hizo acelerar los movimientos de mi lengua. Ella gemía, cada vez más alto. Sonreí para mí misma e introduje un dedo en su interior. Al principio con movimientos lentos, circulares, pero cada vez más rápido. Sus gemidos se transformaron en gritos, lo que llevó mi excitación a límites insospechados.

-¡Oh, Dios!- la oí gritar cuando se corrió.

Su cuerpo temblaba y se estremecía. La miré satisfecha pero, obviamente, la noche no había terminado aún…

De repente se levantó de la cama y corrió hacia el armario. La miré sorprendida, ¿qué se traería entre manos?

-          ¿Dónde vas? Si piensas dejarme así…- dije mientras me estiraba sobre la cama.

Al volver a abrir los ojos sonreí ampliamente por la imagen que se mostraba ante mí. Estaba claro que Victoria había hecho los deberes desde la última vez que nos habíamos visto. Un pene de plástico, sujeto a sus caderas por medio de una serie de correas, era su nueva adquisición.

Separé las piernas y vi el deseo en sus ojos cuando empecé a acariciarme. Se quedó un rato contemplándome, disfrutando, pero poco después vino hacia mí, y sin decir absolutamente nada me penetró con fuerza, sacando un grito de mi garganta. Comenzó a embestir con ímpetu, sin darme respiro, pero yo tampoco lo deseaba. Me incliné levemente hacia ella, puesto que ya tenía cierta experiencia con ese tipo de juguetes y sabía que en esa postura podríamos disfrutar las dos. Y no me equivoqué. Jadeos, gritos y gemidos resonaban por la habitación y por toda la casa en realidad.

Unos momentos después yo estaba a punto de correrme, y ella también. Pero aumentó el ritmo haciéndome caer en el primer orgasmo de la noche… aunque estaba claro que no sería el último. Al terminar, ambas gritamos el nombre de la otra y Victoria se dejó caer sobre mí, agotada, sudorosa, pero claramente satisfecha. Me apoyé sobre su pecho y me abandoné al sueño que me invadía.


Escrito por:     

Claire

Lujuria a escondidas (1º parte: Victoria)

                                         
Sonreí con parsimonia, sabía que ella llegaría pronto y no obstante, no estaba nerviosa. De hecho, ansiaba aquel encuentro más incluso que la última vez. Aunque… la última vez había sido especial, no sólo habíamos tenido sexo, también… también habíamos compartido algo parecido al cariño, o por lo menos eso era lo que yo quería creer.
Claire era una mujer complicada, seria y una auténtica bomba sexual. Hacía bastante tiempo que la conocía y a decir verdad, podía reconocer que no sabía absolutamente nada de ella. Pero eso iba a cambiar, y a ser posible todo aquel misterio terminaría esta noche.
Encendí mi último cigarrillo y bajé las persianas. Mi casa desprendía un olor dulzón provocado por el humo del incienso, las luces eran tenues y suaves. Las sábanas estaban limpias… y si, todo estaba en orden, incluso yo estaba preparada. Me había comprado un nuevo conjunto de ropa interior, de color rojo oscuro que contrastaba con mi pálida piel. Las bragas eran una compleja obra de arte con sus diferentes juegos de encajes que dejaban poco espacio a la imaginación, El sostén, sin embargo, se basaba en un juego más sencillo, que se dedicaba a levantar y oprimir mis pechos de manera que quedaban deliciosamente resaltados. Sonreí y me pasé las manos por el cuerpo, acariciando y palpando aquel cuerpo que tan bien me habían enseñado a descubrir. Estaba de sobra preparada, ahora… sólo faltaba ella.
El sonido del telefonillo reclamó toda mi atención, sonreí, a sabiendas de que era ella.
- ¿Claire? – pregunté, no por curiosidad, si no simplemente por cortesía. Suspiré llena de anticipación y pulsé el botón para abrir la puerta. Mi cuerpo también respondió a esa llamada, ya que me estremecí placenteramente  y comprobé como la excitación se iba adueñando de mi cuerpo, haciendo que mi bajo vientre se humedeciera con cada segundo de espera que pasaba. Eran tan sólo 6 pisos y sin embargo, yo ya estaba totalmente mojada antes de que Claire llegara a mi puerta. El timbre de mi puerta sonó, alto y repetitivo, suspiré profundamente y abrí. Allí estaba ella, tan sexy como de costumbre.
No quise perder el tiempo con palabras vanas, la hice entrar y en cuanto la puerta se cerró con su característico golpe seco, la besé con todo el ansia que sentía, me adueñé de su tentadora boca como si mi alma fuera en ello, lamí sus labios, entrelacé mi lengua con la suya, y tras unos momentos sin respirar me aparté, jadeante.
Mi excitación iba en aumento de manera alarmantemente progresiva, si un beso tenía el poder de hacerme temblar como una adolescente ante su primer polvo, ¿qué ocurriría cuando sintiera su lengua en mi sexo? El recuerdo de sus anteriores incursiones a mis húmedas profundidades me hizo gemir. Claire sonrió, dejó el bolso sobre la mesita del salón y sin más dilación me llevo a mi cama.
Ella siempre había tenido más experiencia que yo, y siempre que estábamos juntas me lo demostraba. Poco a poco y entre besos acabamos ambas tumbadas en la cama, ella completamente vestida, y yo, arropada únicamente con los dos escasos trozos de tela que me había comprado.
Como siempre, fue ella quien tomó el control, con esa característica sonrisa felina suya se puso a horcajadas sobre mí, inmovilizándome de cintura para abajo. Yo sonreí mientras contemplaba como se iba quitando la ropa prenda por prenda, hasta quedarse tan sólo con unas bragas negras que estaban sujetas a su ligero, que resaltaban fuertemente la longitud y suavidad de sus piernas. Claire sonrió más lujuriosamente y curvó su cuerpo hacia delante, dejando sus senos a escasos centímetros de mi boca.
Fue un acto casi instintivo, mis pezones se endurecieron y mi boca se cerró contra uno de sus pechos, lo que la provocó un gemido. Fue entonces cuando mi mano derecha se detuvo en acariciar el pecho que aún quedaba libre, masajeándolo, estrujándolo e incluso pellizcándolo de manera continua. Lentamente Claire se fue relajando, y mi cuerpo quedó poco a poco libre. Aproveché entonces para ser yo quien dominara la situación, por lo que tras apartarla y tumbarla junto a mí, comencé a besarla más lentamente. Empecé por sus labios, que suaves e igualmente ansiosos me respondían uniendo su lengua con la mía, bailando a un son que sólo nosotras entendíamos. Después, continué mordisqueando su cuello, lo que provocó que ella aumentase el nivel de sus gemidos, que a su vez hicieron que mi sexo clamase caricias de una manera completamente nueva. Gemí en su oído y Claire, que estaba tan excitada como yo me susurró al oído todas las obscenidades que yo deseaba oír. Y acto seguido, su lengua descendió por mi pecho hasta llegar a mi vientre, y de ahí a mi hinchado y mojado sexo.
Grité, y sé también que clavé mis uñas en su espalda, sé que gemí descontrolada, pero una sensación de placer tan intensa no se podía contener. Su lengua se movía en círculos sobre mi pequeño núcleo de éxtasis a la vez que uno de sus dedos se introducía en mí y se movía con gran rapidez, provocando que mi llegada al orgasmo se aproximara a un ritmo vertiginoso e imparable.

- ¡Oh Dios! – grité al notar como las paredes de mi vientre se contraían violentamente y como las olas de placer se arremolinaban en torno a mí, provocándome múltiples estremecimientos que desembocaron en el clímax más intenso de mi vida.
Noté como Claire reía por lo bajo, y cómo se separaba de mí.
En el momento en que la vi el rostro iluminado y sonriente, supe qué era exactamente lo que tenía que hacer. Me levanté apresuradamente y corrí hacía mi armario, dejando a Claire sola por un momento.

- ¿Dónde vas? Si piensas dejarme así… - me bufó y se estiró en la cama con un movimiento tan sensual que casi me arrepentí de dejar la calidez de las sabanas. Sin embargo… tenía que hacerlo. Esa noche quería que todo fuera especial y además, aquel juego no lo habíamos probado nunca. Tras coger mi nuevo juguete me giré, y se lo mostré a Claire. Ella sonrió al ver aquel pene de plástico, que sujeto a varias correas en mi cintura me convertían en una placentera y continua diversión.
Me acerqué a Claire que con un leve gemido se abrió completamente de piernas, dejando que mis ojos se deleitaran con la vista de su sexo húmedo y resbaladizo. Ella pareció notar mi interés por su bajo vientre dado que empezó a acariciarse rápidamente, dejando que yo disfrutara con la sensación de su orgasmo.
Pero ya no pude más. Me coloqué entre sus piernas y la penetré con fuerza. Ella gritó de placer y empezó a mover sus caderas de modo que parte del plástico rozara también mi clítoris, por lo que a cada embestida más crecía nuestra excitación hasta el punto de no querer parar. Y sin embargo, seguí empujando, más rápido más fuerte… más intenso. Sabía, por nuestros encuentros anteriores, que Claire estaba cerca del orgasmo, y yo, que ya estaba a punto, me abandoné a una última embestida que nos llevó a ambas a un clímax potente, intenso que nos hico gemir y pronunciar nuestros nombres al unísono. Mi cuerpo se convulsionaba y podía notar como mis fluidos se deslizaban por mi vagina hasta llegar a la zona interior de mis muslos.
- Dios mío… - murmuré y me dejé caer junto a ella. Claire me sonrió y apoyó su cabeza en mi pecho mientras suspiraba de plena satisfacción. Mis ojos se fueron cerrando poco a poco y noté a Morfeo apoderarse de nosotras. Pero antes de caer en las garras del sueño sonreí. Sabía que la noche aún no había terminado.

                                                                                                        Escrito por :  Victoria.

Diario de una sumisa (1ª parte)



Mi amo se había marchado hacía dos escasos días. Había arreglado los papeles del viaje, había hecho la maleta, y como de costumbre me había encadenado a una de las argollas que había en la pared. Junto a mi había dejado una bolsa de patatas fritas, unas chocolatinas, un par de botellas de agua y un consolador de color azul celeste.
Suspiré profundamente y cogí una de las chocolatinas. La voz de mi amo resonó en mi cabeza, recordándome con qué condiciones podía coger lo que él muy amablemente me había dejado. Casi gemí al recordarlo. “Todo lo bueno tiene su parte mala”- solía decirme a menudo, y era momentos después cuando me imponía una de sus normas o uno de sus incesantes castigos. Esta vez no había sido diferente, por lo que incluso tenía que cumplir una pequeña penitencia por probar el chocolate.
La verdad es que el castigo que me había impuesto era uno de los más comunes en su repertorio: simplemente tenía que masturbarme mientras comía. Por un lado era una ventaja que mi amo me dejara disfrutar del placer a solas, pero por otro, comer algo cuando tienes un aparato de 28 cm dentro no es precisamente lo más cómodo que hay. Pero soy buena esclava, y mi deber es obedecerle incluso si él no está presente.
Tardé poco en notar como mi sexo se humedecía y como un creciente anhelo se apoderaba de mi cuerpo. Cogí el consolador, que en esos momentos me parecía lo más cercano a mi ausente amo, y me lo llevé a la boca, pasando mi lengua por cada una de sus rugosidades, tímida al principio pero con la convicción de que a mi amo le gustaría estar en el lugar de aquel cacharro. Poco a poco aumenté la velocidad y empecé a succionar con más ahínco, de arriba abajo, sin parar, mientras llevaba mi mano derecha al centro de mi sexo, que húmedo reclamaba mis caricias. Empecé a acariciarme lánguidamente, con movimientos circulares que no hacían otra cosa que aumentar mi excitación, después y cuando noté que mis dedos se humedecían con mis flujos de mujer, decidí introducirlos en mi vagina, uno por uno, haciendo que mis largas uñas me provocaran estremecimientos de placer.
En ese momento recordé que todo aquel proceso de delirante lujuria tenía como recompensa el poder comer algo sustancioso por lo que tras una última pasada de mi lengua al consolador, y tras notar como mi sexo palpitaba en espera al cacharro decidí cambiarlo de lugar e introducirlo dentro de mí. Gemí y no pude evitarlo, mi amo me tenía prohibido hacerlo cuando él no estaba, pero en aquel momento no me importó, estaba demasiado excitada y anhelaba demasiado el placer que podía recibir que no pensaba en el posible castigo que me podía imponer si me escuchaba. Fue un gemido ronco y sensual, casi gutural y primitivo.
El consolador entraba cada vez más en la parte más profunda de mi sexo, haciendo que me mordiera los labios intentando obedecer, intentando que mis gemidos de placer no se oyeran. Pronto no pude introducirlo más. Fue en ese momento cuando tuve la lucidez necesaria como para dar un breve bocado a la chocolatina. Después y tras relamerme de gusto empecé a mover cacharro a un ritmo vertiginoso que no tardaría en llevarme al orgasmo. Y realmente así fue, momentos más tarde mi sexo se estremeció y oleadas de placer invadieron mi cuerpo haciendo que mi cuerpo temblara una y otra vez.
Poco a poco los estremecimientos se apagaron, dejándome completamente satisfecha y exhausta. Retiré el consolador de mi cuerpo que aún permanecía húmedo y brillante, y lo aparté un poco de mí. Después, terminé con lo que me quedaba de la chocolatina.
En ese momento la puerta del estudio se abrió, y una figura oscura se recortó contra la luz del pasillo. No tuve que adivinar quién era. Mi amo había vuelto.

 

                                                      Escrito por : Victoria