martes, 9 de noviembre de 2010

Lujuria a escondidas (1ª parte: Claire)




Avancé por la calle, hacia el lugar donde habíamos quedado. No era un local sórdido y escondido como se podría imaginar. Un simple piso llama mucho menos la atención. No es que a mí me importe, claro. Mi  vida solo me incumbe a mí y me da igual lo que los demás puedan opinar. Pero ella… es más joven, y…
Espera, espera, ¿desde cuando me importa a mí lo que les suceda a mis amantes? Una noche (o dos, si estaba satisfecha con el resultado) y ya. Pero con Victoria… en cierta forma había sido diferente.

Al llegar al portal levanté la mano para llamar al telefonillo, y descubrí, con asombro, que temblaba un poco. ¿Yo, nerviosa?

-No puede ser- murmuré para mí.

 Suspiré con aplomo (o eso quise creer) y llamé. Al instante sonó su voz, como si hubiera estado sentada junto al telefonillo, esperándome.

Escuché mi nombre, pronunciado con esa voz mecánica, distorsionada, pero aún así sonreí. Su impaciencia estaba clara aunque intentaba disimularlo. Al instante, un tenue zumbido me indicó que la puerta estaba abierta asi que inicié el ascenso… por las escaleras, puesto que era un edificio precioso, pero sin ascensor.

Al llegar arriba (seis pisos después) esperé un momento en el rellano antes de llamar a la puerta, para recuperar el aliento. Tenía ganas de verla, claro, pero tampoco quería que pensara que había subido corriendo.

Cuando abrió la puerta yo no estaba preparada para lo que vi. No es que hubiese nada nuevo puesto que ya la había tenido desnuda entre mis brazos y no había cambiado mucho desde entonces. No. Lo que me sorprendió fue su atuendo. Ese conjunto que insinuaba, deliciosamente, todo su cuerpo, parecía hecho a propósito para que ella lo llevara. No se me ocurría una mejor alternativa para ese conjunto excepto, desde luego, el suelo de su habitación.

Al entrar y cerrar la puerta, se echó sobre mí, besándome con fuerza, con ganas. Jugué un rato con su lengua, no se cuanto tiempo pudimos estar allí, apoyadas en la puerta, rodeadas de penumbra, hasta que ella se apartó jadeante. En ese momento la hice avanzar hacia el salón, sobre cuya mesita quedó abandonado mi bolso junto con todos los nervios y recelos. Después, la guié hasta su habitación.

Al llegar allí cayó sobre la cama, respirando agitadamente. Esa escena me excitó aún más: verla allí, tumbada sobre el colchón, apoyada en los codos para incorporarse, mientras me miraba nerviosa, pero con evidente deseo reflejado en los ojos. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Está claro que es más de lo que nadie puede resistir. Y, desde luego, yo no pretendía resistirme a ella.

Sonreí mientras me acercaba, bajando la cremallera de mi chaqueta y desabrochando suavemente el botón que ceñía la cintura de mis ajustados vaqueros grises. Me subí a horcajadas sobre sus caderas, con firmeza, no la suficiente para hacerle daño pero sí como para evitar que se moviera de donde estaba tumbada. Mi sonrisa se hizo más amplia al notar los leves temblores que recorrían su cuerpo. La cara chaqueta de cuero negro terminó tirada en un rincón y las demás prendas no tardaron en seguir su ejemplo. Excepto las bragas, que me dejé puestas junto con el liguero. Me incliné sobre ella y no tardó en atrapar fácilmente uno de mis pezones entre sus labios. No pude contener el gemido que este simple acto me provocó.

Esta excitación hizo que, poco a poco, ejerciera menos presión sobre Victoria, lo cual aprovechó ella para retomar el control de la situación. Me dejé hacer mientras me tumbaba en la cama, junto a su cuerpo y me besaba, con menos ansia ahora. Un momento después (o al menos eso me pareció) comenzó a repartir pequeños mordiscos por mi cuello, haciendo que me excitara cada vez más (el cuello siempre ha sido uno de mis puntos débiles, y ella lo descubrió muy pronto). Los gemidos comenzaron a aumentar. La sentí inclinarse sobre mí y gemir levemente en mi oído. Le susurré todo lo que ella quería oír, obscenidades varias que sabía que la excitarían aún más. Y no me equivoqué. Acto seguido comencé a besar todo su cuerpo, lamiendo y mordiendo todo aquello que estaba a mi alcance, quitando las escasas prendas que llevaba y  que suponían un impedimento para mis caricias. Pero siempre de cintura para arriba. Lo sabía, en ese momento estaba volviéndose loca de placer pero no me parecía suficiente motivo para acabar con aquella pequeña tortura. Solo después de un rato comencé a bajar por su vientre hasta llegar a su más que necesitado sexo.

Gimió más alto que ninguna vez hasta el momento y me clavó las uñas en la espalda. Pero en ese momento ni siquiera me dolió, simplemente fue una señal que me hizo acelerar los movimientos de mi lengua. Ella gemía, cada vez más alto. Sonreí para mí misma e introduje un dedo en su interior. Al principio con movimientos lentos, circulares, pero cada vez más rápido. Sus gemidos se transformaron en gritos, lo que llevó mi excitación a límites insospechados.

-¡Oh, Dios!- la oí gritar cuando se corrió.

Su cuerpo temblaba y se estremecía. La miré satisfecha pero, obviamente, la noche no había terminado aún…

De repente se levantó de la cama y corrió hacia el armario. La miré sorprendida, ¿qué se traería entre manos?

-          ¿Dónde vas? Si piensas dejarme así…- dije mientras me estiraba sobre la cama.

Al volver a abrir los ojos sonreí ampliamente por la imagen que se mostraba ante mí. Estaba claro que Victoria había hecho los deberes desde la última vez que nos habíamos visto. Un pene de plástico, sujeto a sus caderas por medio de una serie de correas, era su nueva adquisición.

Separé las piernas y vi el deseo en sus ojos cuando empecé a acariciarme. Se quedó un rato contemplándome, disfrutando, pero poco después vino hacia mí, y sin decir absolutamente nada me penetró con fuerza, sacando un grito de mi garganta. Comenzó a embestir con ímpetu, sin darme respiro, pero yo tampoco lo deseaba. Me incliné levemente hacia ella, puesto que ya tenía cierta experiencia con ese tipo de juguetes y sabía que en esa postura podríamos disfrutar las dos. Y no me equivoqué. Jadeos, gritos y gemidos resonaban por la habitación y por toda la casa en realidad.

Unos momentos después yo estaba a punto de correrme, y ella también. Pero aumentó el ritmo haciéndome caer en el primer orgasmo de la noche… aunque estaba claro que no sería el último. Al terminar, ambas gritamos el nombre de la otra y Victoria se dejó caer sobre mí, agotada, sudorosa, pero claramente satisfecha. Me apoyé sobre su pecho y me abandoné al sueño que me invadía.


Escrito por:     

Claire

2 comentarios:

  1. entre quest y quest es difil mantener la concentracion leyendo estos relatos tan xulos.

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  2. hola, muy bueno el blog me gustó mucho. Tengo una web de adultos http://www.bataclanas.com, si deseas puedes visitarla. Saludos

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